En pocos años, el mundo tal y como se conocía ha difuminado sus fronteras virtuales y la comunicación, al igual que el conocimiento, se ha convertido en un fenómeno global, cambiante e inmediato. 

Tampoco es nada nuevo el fenómeno de la incorporación y la asimilación de nuevos términos y vocablos extranjeros en el idioma vernáculo, pues se trata de un hecho que se ha producido a lo largo de la historia en cualquier territorio y población del planeta. Un ejemplo cercano es Canarias, región de ultramar y nexo entre Europa, África y América durante los últimos siglos, un archipiélago situado en el Atlántico que se caracteriza por poseer un variado catálogo de vocabulario y expresiones lingüísticas fruto de nuestros orígenes prehispánicos y la convivencia a lo largo de los siglos con países como Portugal, España, Italia, Países Bajos, Andalucía, norte de África, Reino Unido, Cuba o Venezuela, entre otros.

Diferente es cuando el idioma se impone favorecido por diversas circunstancias. Ante los nuevos horizontes que se abrieron a finales del siglo XX y en pleno siglo XXI, el despegue de la tecnología en todos sus campos y el desarrollo de la mercadotecnia, la publicidad y las redes sociales, más concretamente, han sido los grandes propulsores de anglicismos que a día de hoy, si bien pueden ser útiles para definir procesos o fenómenos nuevos, están ocupando un espacio no siempre justificado e indiscriminado en nuestro idioma. 

Al igual que los medicamentos, un mal uso o abuso de estos extranjerismos en la comunicación, empleados sin criterio y fuera del contexto profesional para los que se han descrito, provoca efectos secundarios no deseados.  

Sí.  De manera indiscriminada fomentan la pérdida de la riqueza del español, restan validez al idioma vernáculo, pueden generar conversaciones confusas e incluso desinformación. Y no solo eso. Quien los utiliza fuera de un entorno contextualizado podría proyectar una imagen o marca personal en ocasiones superficial, forzada, nada natural e incluso ridícula si los emplea por moda o  ‘postureo’.

Porque palabras como influencer, followers, CEO, storytelling, fake news o brainstorming tienen su correspondencia en español: persona influyente, seguidores, consejero delegado, narrativa, noticias falsas, lluvia o tormenta de ideas. Conocerlas y aplicarlas sí, adecuadamente. No se es menos profesional ni se está menos cualificado por utilizar el español y no recurrir de forma ligera a los anglicismos.

 

Ejemplo de una conversación en la red social Twitter

Solo algunos datos para reflexionar. Según se recoge en el anuario ‘El Español en el mundo 2018’ presentado por el Instituto Cervantes, más de 480 millones de personas tienen el español como lengua materna y es el segundo idioma en el mundo en hispanohablantes, solo por detrás del chino mandarín.  En Estados Unidos es el más estudiado en todos los niveles educativos y Reino Unido lo considera como la la lengua más importante de cara al futuro.* 

En Internet, el español es el tercer idioma más utilizado en la Red después del inglés y del chino mandarín y el segundo más utilizado en Wikipedia, Facebook y Twitter.

En este sentido, la Academia de la #Publicidad y la Real Academia Española llegaron hace unos años a trabajar de forma conjunta para concienciar sobre el abuso de los anglicismos en este sector y con bastante humor con un experimento. El fin no es otro que trasladar su preocupación, más visible en campañas y anuncios publicitarios, a la sociedad en general. No te lo pierdas.  

Sonia Rodríguez

Consultora de comunicación