El ejercicio de la profesión periodística conlleva de forma inherente varios objetivos articulados a través de normas teorizadas y transmitidas de generación en generación entre las que están la del servicio público, la de analizar y profundizar sobre lo que se expone y la de ofrecer un producto bien elaborado, atractivo y vendible.

Una gran virtud de esta profesión es la convivencia entre periodistas de distintas generaciones. Tanto en una redacción como en el ejercicio del periodismo en la calle suelen coincidir dinosaurios con recién formados y aprendices. Si hay química, que suele haberla, la simbiosis como concepto cobra todo su sentido al tener un efecto realmente beneficioso para ambas partes.

Tras dos décadas dedicado al periodismo, me siento un dinosaurio privilegiado por haber aprendido mucho de veteranos Tironausurus Rex de esta profesión, a la vez que muy honrado de tener la oportunidad de haber aportado mis reflexiones y mis batallitas a otro más jóvenes que han querido escucharlas.

Independientemente del punto de la escala de la evolución del periodismo en el que se encuentre el profesional, hay un aspecto por el que se pasa inevitablemente una y otra vez como en un eterno retorno: tomar aire y tener la paciencia suficiente para explicar el por qué de nuestra profesión, sus objetivos y sus normas.

La voracidad intelectual de quien es periodista debe estar a la misma altura o incluso unos escalones por encima de la aplicación de las clásicas normas establecidas en el ejercicio del periodismo, puesto que vivimos en tiempos en los que la apariencia del producto está más valorada que el servicio que se presta a la sociedad mediante el análisis, la indagación y la reflexión.

En Metrópolis Comunicación disfruto de la posibilidad de convivir e intercambiar experiencias con grandes profesionales de distintas generaciones de esta profesión siempre viva y que son ejemplo latente de que la simbiosis no es una quimera en el periodismo.