Las fake news o noticias falsas se han convertido ya en una epidemia global que amenaza a la credibilidad de los medios y representa un serio peligro para la democracia. Ante esta ola de informaciones tóxicas, la respuesta  por parte de las compañías tecnológicas, como Google y Facebook no ha tardado en llegar con propuestas para controlar la veracidad de las informaciones y favorecer los contenidos de calidad.

Google anunciaba hace unas semanas que invertirá 300 millones de euros para luchar contra este cáncer. En países como España, Francia o Alemania este hecho ha llegado calificarse como un asunto de Estado. Sin embargo, “una mentira es como una bola de nieve; cuanto más rueda, más grande se vuelve” (Martín Lutero) y ponerle puertas al campo es, a estas alturas, imposible.

Se puede decir que este fenómeno, esta suerte de tumor del periodismo fabricado a gran escala -porque noticias falsas ha habido siempre- en el laboratorio global de internet se fraguó ante nuestros propios ojos. Fuimos nosotros,  consumidores inmediatos de la información de internet y rastreadores de la primicia en redes sociales, quienes lo alentamos ayudándolo a crecer a un ritmo exponencial nunca visto en la industria informativa. Se estima que a este ritmo, en un plazo de dos años el 50% de las noticias que circulen por las redes sociales serán falsas.

Fake news

En este contexto, uno de los grandes anunciantes mundiales, Unilever, ya ha advertido de que podría dejar de pautar anuncios en portales y redes sociales ante la riada de mensajes difamatorios, discriminatorios y noticias falsas. Su director de publicidad, Keith Weed, considera que “no podemos tener un entorno en el que nuestros consumidores no confían en lo que ven online”.

Volvamos al campo y a esas puertas imposibles que serían el equivalente a contener en una pipeta toda la fuerza y la potencia de años luchando por la información libre y accesible y por disponer de canales que permitieran su circulación sin cortapisas.

Los intentos de contención en todo el mundo son variados, muchos aún por demostrar su eficacia. “Más vale ser vencido diciendo la verdad, que triunfar por la mentira”, que decía Mahatma Gandhi.

Van desde la creación de un botón de suscripción a medios que se encuentra en fase de pruebas por parte de Google, a dar prioridad en los resultados de búsqueda a las noticias de los medios en los que el usuario está suscrito. El buscador ha lanzado estas y otras iniciativas bajo el paraguas de Google News Initiative (GNI).

Fake news (Facebook)

También Facebook busca la receta para combatir la desinformación que, en su caso, pasa por convertir a los usuarios en árbitro de las informaciones y generar productos específicos para los profesionales de los medios.

¿Qué precio estamos dispuestos a pagar por la calidad y la veracidad de la información? Si asumimos que “la prensa es la artillería de la libertad” (Hans Dietrich Genscher), se podría decir que la información no tiene precio.

En una conferencia en Sao Paulo, el director de El País, Antonio Caño, afirmaba que las operaciones de intoxicación informativa a través de las redes sociales son una amenaza “no solo para la prensa libre, sino para la democracia misma”. Frente a la epidemia de las fake news, reivindica más que nunca el periodismo “de calidad, honesto, riguroso y respetuoso con las reglas profesionales”.

La puerta, como el precio que deberíamos estar dispuestos a pagar por el derecho a tener acceso a la información veraz, no tiene límite, por eso habría que empezar por lo más básico: que los gigantes tecnológicos que permiten circular la información y los editores se entiendan y respeten.

La sociedad tiene que diferenciar el contenido profesional del trabajo de un bloguero y los medios tienen que inspirar confianza y seriedad, para ganarse a la audiencia. Hacer buen periodismo tiene un coste y más pronto que tarde será necesario regular los derechos digitales y mejorar el ecosistema de la publicidad digital.

 

Irene Maeso

Directora de Negocio y Nuevos Proyectos