El caso de la presunta violación de una joven por el grupo de amigos llamado ‘La manada’ en los sanfermines o el de Diana Quer han abierto de nuevo –algo recurrente, por otro lado, a lo largo de la corta historia del periodismo- el debate sobre el sensacionalismo en los medios de comunicación. Recientemente, una estudiante de Periodismo de la Universidad de La Laguna me pedía mi opinión al respecto y a raíz de sus preguntas surge este texto con algunas reflexiones al respecto.

En los casos antes citados, al igual que en otros muchos, la opinión pública tiende a tratar a todos los medios de comunicación de sensacionalistas, pero generalizar es injusto, ya que es obvio que no todos actúan de la misma manera, ya no solo en el tipo de información que proporcionan, sino, sobre todo, cómo la transmiten a sus lectores, oyentes, espectadores… Está claro-y hoy en día todo es mucho más medible gracias a los avances de la tecnología, sobre todo en los análisis web y de redes sociales- que ese sensacionalismo (otro debate sería qué es sensacionalismo, sus límites y demás) vende. El público demanda y consume ese tipo de informaciones. Ahora bien, la calidad de esos ‘clientes’ es lo que tiene que evaluar cada medio. Hay muchos que viven exclusivamente de ese modelo, pero hay otros que buscan otros perfiles y es ahí donde entra en juego otro nivel de desarrollo profesional y empresarial en el que la ética periodística es parte de su corpus. Cada cual debe poner límites (es muy complicado juzgar los ajenos y concretar los propios) y recurrir al equilibrio entre el interés informativo y la cuenta de resultados (ventas, seguidores, clics…). Creo que el buen periodismo debe trabajar siempre desde la perspectiva del interés informativo y salvaguardando los derechos de los implicados como en sucesos reseñados. Eso sí, dar una regla, dogmatizar, para decir hasta aquí está bien o está mal es muy complicado y pondría coto a otro derecho sagrado: la libertad de expresión.

Otro mal que se le achaca a los medios de comunicación es que agarran un asunto y después lo olvidan perennemente, una especie de interés único por el morbo del momento y que no se sigan los casos hasta el final. Y es que el seguimiento o no de las informaciones es cada día más complejo, dado la multitud de acontecimientos que se suceden, la cantidad enorme de información y de acceso a la misma que existe hoy en día. Estoy de acuerdo en que el final de muchas historias se desconoce, pero otras muchas se siguen con interés a lo largo de los años (caso de San Fermín o juicios por corrupción al cabo de muchos años de la denuncia). La elección de una noticia frente a otra es el gran dilema de todo medio de comunicación. Muchas veces me han preguntado los motivos que llevan a elegir un asunto frente a otro y siempre digo que eso es parte del ejercicio profesional. Y ahí ya se editorializa, por ejemplo. Los medios, no hay que olvidarlo, salvo los públicos, que también, deben ser sostenibles económicamente y si una historia vende se sigue. Lo grande del periodismo es que no solo historias como Alcasser o La Manada venden, hay otras muchas que han salido a la opinión pública gracias al trabajo de muchos profesionales que supieron ver una historia donde otros no veían nada.

No obstante, ¿qué es ser sensacionalista? Hay ocasiones en que ‘todos’ tenemos claro que hay informaciones que pecan de eso que llamamos sensacionalismo, pero en otras no tanto. Es el ejemplo del debate que se abrió hace poco tras los atentados en Barcelona de si se debían mostrar o no las imágenes de los fallecidos. Por un lado, se fomentó una corriente que invitaba a no publicarlas porque atentaban contra la intimidad de los muertos y sus familias y, por otro lado, estábamos los que creemos que el horror hay que mostrarlo (con cautelas, como evitando rostros o las fotos más cruentas) porque hay un camino peligroso que es el de ‘blanquear’ algunas noticias. Por ejemplo, ahora parece que hay guerras sin muertos o que ‘molesta’ escuchar el testimonio de una mujer violada o de un niño que sufrió abusos. Reitero que es una cuestión de trabajo diario, de saber ejercer la profesión respetando la dignidad de los demás, pero tampoco podemos caer en una autocensura tal que terminemos por dejar de contar lo que sucede.

En todo caso, las reglas, los códigos, los límites en el periodismo deben estar en el debate de la profesión constantemente; pero querer imponer criterios en una labor tan compleja como es la de informar, la de contar al resto del mundo lo que le sucede al mundo (mal parafraseando a Scalfari), es un tentador juego para cercenar el derecho a la información y a la libertad de expresión, lo que no excusa al sector para que sea autocrítico y analice su forma de actuar en pos de mantener el equilibro, insisto, entre informar y respetar los derechos de los protagonistas de esas noticias, de esas historias, que ‘todos’ queremos conocer.

José David Santos

Director de Relaciones con los Medios e Instituciones