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Palabras

Todo es comunicación. Y no ahora. Siempre. Las relaciones entre humanos y de estos con su entorno se fundamentan en la inequívoca necesidad de comunicarse. Evolucionamos porque fuimos, entre otras cuestiones, mejorando nuestros sistemas de comunicación. Fue posible asociarnos y descubrir cómo sobrevivir y avanzar porque las herramientas para trasladar conocimientos, ideas y sentimientos se fueron puliendo a lo largo de millones de años.

Aquí, en el siglo XXI, estamos buscando dar más pasos en ese proceso de mejora, pero, más allá de los que trabajan en el atisbo de horizontes tecnológicos o cognitivos basado en las líneas más avanzadas de investigación, desde hace un tiempo creo que la herramienta básica y casi única en esos avances es el lenguaje; la palabra.

Cortázar las llamaba perras negras y desconfiaba de ellas, pero les daba a las palabras la máxima relevancia porque residía en ellas todo el poder para hacer avanzar -o retroceder- el mundo. Y es que en comunicación el qué decir va unido al cómo decirlo en una simbiosis fatal, pero que establece el mayor o menor poder de convicción -de verdad dirían algunos- de aquello que se quiere trasladar. Pero hete aquí que nos estamos topando con el desfase que supone que unos conozcan mejor que otros esas palabras. Y no avanzamos como quisiéramos.

En el seno de, sobre todo, las sociedades occidentales el acceso a la información, la cultura, el entretenimiento o la formación es el mayor de la historia de la humanidad. Estamos en la cumbre de ese desarrollo, pero, precisamente por esa facilidad, en muchos casos nos estamos volviendo perezosos a la hora de tratar no solo de acumular datos e informaciones, sino de entenderlas, contextualizarlas y ponerlas en mayor o menor valor. Y es un problema de palabras.

Comunicadores de todo tipo repiten arquetipos, frases hechas, terminología, pero no entran a valorar la comprensión de todo lo que transmiten. De hecho, muchas veces se da la circunstancia de que ni el emisor ni el receptor del mensaje entienden realmente el significado del mismo, pero se finge que sí.  Las perras negras hacen mal su trabajo; o bien, para los que sí conocen su valor y hacen uso de ese privilegio en su beneficio.

La educación es el único camino para que esa disonancia no siga creciendo. Y no solo la reglada, sino aquella que nosotros mismos nos construimos. Tras el colegio, el instituto, universidad, master, cursos, etcétera debemos continuar avanzando en el conocimiento con nuestros medios. A buen seguro que de esa manera conoceremos mejor a las perras negras. Conozco periodistas, comunicadores, profesionales del sector que no lo creen necesario, que ya lo saben todo, que no necesitan leer. Es un fracaso absoluto no querer leer, no alimentarse de la lectura como fuente de conocimiento, de experiencia o mejora de nuestra comprensión lectora.

Vamos, que toda esa diatriba más o menos fundamentada aparece para hacer una recomendación sencilla a todos los que toman parte de los procesos comunicativos: lean.

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